La insoportable levedad de la oposición “progresista”
Por Fernando Braga Menéndez | 20 de Agosto del 2008 | 66 ComentariosNacieron como referentes mediáticos y no tienen otro ámbito de acción política más que el estudio televisivo o las declaraciones altisonantes en radio. Hablan (o denuncian) desde un lugar donde las palabras vuelan por el aire sin necesidad de anclaje alguno en la realidad. Se colocan siempre más allá de todo y de todos, y desde allí ponen en duda el comportamiento de aquellos que no están de su lado o no coinciden con sus críticas, siempre terminantes y apocalípticas. Son jueces implacables de la catadura moral y la pureza curricular de todo el mundo. Creen que un país se empieza a construir de golpe, con funcionarios transparentes, castos y puros. Todo lo que no les suene a absoluta y totalmente desinteresado, virginal e ingenuo, lo transforman automáticamente en pecaminoso, condenable y motivo de sospechas inapelables. Se creen cultos pero no saben de historia. Por dar un ejemplo entre miles: no saben que después de Caseros el país se pudo seguir construyendo (a los tumbos, sí) pero gracias al sostén de los vituperados y condenados caudillos rosistas. No saben de historia, o se empecinan en no entenderla o la interpretan para el lado de los tomates.
Por su origen y por el espacio de ideas que dicen ocupar, bien podrían convertirse en una usina de propuestas alternativas o complementarias. Pero no. Se empecinan en apelar a un estilo confrontativo de dudoso provecho para el debate político hasta convertirse en dueños de espacios testimoniales o de obstrucción parlamentaria que no superan los márgenes de la política. En algunos casos, ni siquiera pueden mostrar cómo sería un gobierno suyo en un distrito importante porque nunca han apuntado a la gestión, y no parecen tener intenciones de hacerlo. Se sienten mejor en su rol de opositores permanentes, de puristas abstractos que evitan cualquier tipo de compromiso con la coyuntura más acuciante. Pareciese como si la experiencia de la Alianza, de la que formaron parte en su mayoría, los hubiese dejado traumados.
Se dicen progresistas y hablan una y otra vez de la importancia de contar con instituciones consolidadas, pero encabezan partidos autocráticos que distan mucho de ser una fuerza política orgánica, con cuadros en ascenso, debate interno, una identidad clara o presencia creciente en el resto del país. Se dicen progresistas y hablan de república, pero reproducen los mohines de quienes más mancillaron la República. Se dicen progresistas y hablan de inclusión social, pero terminan haciéndoles el juego a los sectores más conservadores y reaccionarios, esos que nunca van a permitir un país justo y para todos. Y ahí están, repitiendo cíclicamente su historia.